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Una niña bien portada

 

"Señorita Ramos, entonces ¿Cuál es la relación entre la visión del hombre que ofrece el Quijote y la presencia de España en el mundo?.

Y mientras la "Señorita Ramos" intentaba una respuesta coherente, Verónica suspiró con fuerza. Era un suspiro de alivio, porque la pregunta no había sido dirigida a ella y también de aburrimiento, fastidio e impaciencia porque aún no terminaba la clase. Vió el reloj disimuladamente y apenas eran las siete y cuarentaycinco, faltaban quince minutos, novecientos largos segundos para salir. Volteó a su izquierda y por la ventana observó los grandes jardines, con los árboles iluminados con la antigua luz mercurial que daba esos colores y tonos tan extraños a las cosas y las personas. A ella le parecían hermosos, especialmente al caminar bajo los árboles, cuando los rayos de luz artificial moteaban la cara y el cuerpo de las personas, creaban otras personas.

Se reubicó en el salón de clases y todavía faltaban cinco minutos. Generalmente disfrutaba de esa clase, pero esta vez estaba ligeramente inquieta, y sabía por qué. La iría a recoger René y sólo con pensar en él sintió ligeras cosquillas en el estómago. No lo veía desde hacía dos semanas cuando se fue a la gira con el equipo de básquetbol en el que era asistente del entrenador. Y la última vez que habían hecho el amor había sido dos semanas más un día, en un hotel allá por el rumbo del aeropuerto, en calidad de despedida. Así que se había vestido para la ocasión: una blusa vaquera a cuadros, azul, roja y blanca, una minifalda de mezclilla convenientemente breve y unos sencillos huaraches sin medias. La ropa interior también estaba pensada, un sujetador de mucho encaje con broche al frente y pantaletas bikini muy pequeñas y transparentes, las dos prendas de color negro, el que más agradaba a René.

Finalmente se cumplió el término y el profesor despidió la clase con un sonoro "¡Buenas noches!", así que recogió sus cosas, las guardó en su bolsa y se despidió de sus compañeros con un movimiento de la mano. Al salir al pasillo vió a René, recostado contra la pared, esperándola. Se acercó a él y lo abrazó, un breve beso en los labios y se dirigieron a la salida tomados de la mano. En el estacionamiento René la tomó del talle y su mano derecha se deslizó de la cintura de Verónica a su trasero. Acarició suavemente las redondas nalgas sobre la tela y volteó a verla. Ella se detuvo y lo besó, ahora apasionadamente y entonces fueron las dos manos en las nalgas, sobándolas, presionándolas. El beso duró unos segundos más y al separarse, una amplia sonrisa se dibujaba en sus caras. Llegaron al coche que estaba muy bien estacionado bajo un árbol que tenía una farola al lado, la única apagada en todo el estacionamiento, así que estaba suficientemente oscuro. René abrió galantemente la puerta y la ayudó a subir, rodeó el coche y subió por su lado, una vez adentro pusieron los seguros de las puertas y se abrazaron con fuerza.

Verónica le susurró al oído algo sobre haberlo extrañado mucho y fue todo lo que se habló. Se besaron con urgencia, con necesidad, con deseo. Las manos no se estuvieron quietas y empezaron a recorrer sus cuerpos. René las dirigió al pecho de Verónica y empezó a acariciarlo. Sin dejar de besarla, empezó a desabrochar los botones de la blusa y soltó el broche del sujetador. Los pechos de Verónica quedaron al descubierto, no eran muy grandes, pero estaban bien formados, con grandes pezones. Así que empezó a besarlos uno y otro, alternadamente, los pezones ya estaban erectos por la excitación y los chupó prolongadamente. Verónica había llevado su mano derecha a la entrepierna de René y encontró que el pene ya erguido formaba un gran bulto en el pantalón. Lo acarició brevemente por encima de la tela y empezó a bajar el cierre de la bragueta. René, besando los senos, empezó a acariciar las piernas de Verónica, éstas eran hermosas, tal vez un poco gruesas de los muslos, pero hermosas.

Las acarició en toda su extensión, desde las pantorrillas hasta las nalgas, por encima de las pantaletas. Acarició la entrepierna y llegó al pubis y la vagina, donde sus secreciones ya habían mojado la tela del bikini. Apartando éste un poco, metió la mano y acarició las nalgas, el vello púbico y los labios mayores, ya mojado el dedo medio lo introdujo en la vagina. Un leve estremecimiento reveló la urgencia de Verónica, mientras el dedo entraba y salía, explorando el hueco, frotando las paredes y tratando de llegar hasta el mismo fondo. Verónica, mientras tanto ya tenía el pene de René en la mano y lo acariciaba frotándolo de arriba hacia abajo, llegando hasta el escroto en ocasiones. Después de unos minutos de estas maniobras, Verónica decidió que ya era suficiente y lo quería todo, así que separándose, en dos rápidos movimientos se quitó las pantaletas y se subió la minifalda hasta la cintura. René había reclinado ligeramente el respaldo de su asiento para ayudar al siguiente movimiento.

Este consistió en que Verónica se montó sobre él, que ya sostenía el pene en su mano derecha, lo acomodó en la entrada de la vagina y ella se ensartó en tres golpes. Ya empalada abrazó fuertemente a René y empezó a moverse, subiendo y bajando, el pene entrando y saliendo. Se sentía muy bien, gozaba con la suavidad del miembro y el roce con las estriadas paredes vaginales. Amaba ese pene, realmente lo amaba, porque era de René, porque amaba a René y por el placer que le proporcionaba. Y siguió entrando y saliendo, sin preocuparse de nada más, solo gozando, entrando y saliendo. La excitación de los dos crecía, sus respiraciones y pujidos y quejidos aumentaban. Para Verónica las señales del orgasmo fueron notorias. Un ¿dolor?, ¿punzada?, en el bajo vientre y un abandono ante los estremecimientos que de ahí provenían y que la recorrieron por completo y finalmente una explosión que le dejó zumbando la cabeza. Siguió moviéndose por instinto y porque René aún no se venía. Este la tenía sostenida por las nalgas y aumentó el ritmo de sus acometidas hasta que con un sonoro pujido eyaculó con repetidos espasmos, introduciéndose aún más en la veroniquesca vagina.

Permanecieron abrazados unos segundos sin hablar ni moverse, la cabeza de ella apoyada en el hombro de él. Hasta que Verónica se separó ligeramente para besarlo y entonces hablaron. "Te necesitaba", dijo él, "Te disfruté", dijo ella, y sonrieron. Con lentitud, como con pena, Verónica se irguió, desempalándose y se recostó en su asiento. Estiró la mano para tomar los klinex que René le ofrecía y se limpió las humedades recibidas, mientras René hacía lo mismo con su pene. Después se reacomodaron las ropas y al quedar otra vez vestidos ella volteó y dijo dulcemente: "Vámonos amor, ya sabes que no tengo permiso de llegar a casa después de las diez de la noche".

 

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