Las Botas de Beliska
Resuenan por el pasillo como por una mazmorra.
Sus ecos de cuero negro dibujan en la atmósfera
las siluetas de los látigos que descansan en la cómoda
en fundas de terciopelo; los tacones de sus botas
presagian una tortura helada como las losas
que con paso firme pisa mientras con calma se abrocha
las hebillas plateadas que protegen sus magnolias.
Media sonrisa esbozada, rígida mirada torva,
labios de hipnótico rojo e inquieta lengua de cobra
se moldean en su rostro como la sangre en la aurora.
Del cajón de la mesilla extrae una fusta fosca,
dos espuelas, lubricante y un arnés de negra goma.
"¿Quién es la que más te quiere…?", me murmura con su aorta.
Sin ninguna duda vos, Beliska, mi amada dómina.
Ya vestida para amarme, de mi traje me despoja
y me pone a cuatro patas con sus pies junto a mi boca.
Cumplo el divino mandato y con mi lengua sus botas
lamo y limpio lentamente mientras con dulzura azota
mi costado y mi trasero, pero pronto desembocan
en mi sexo sus espuelas y en el cuello se me ahoga
una súplica inconsciente de palabra tortuosas.
El metal de frío filo acaricia mi pistola
y su látigo en mi cuello como serpiente se enrosca,
y apretando poco a poco, mi respiración sofoca.
"¿Sabes, mi querida puta, lo que va a pasarte ahora?",
pregunta, y una capucha en mi cabeza coloca.
Se hace la noche en la noche y su respuesta pregona:
"Voy a meterte, querida, mis centímetros de goma,
porque tú eres mi yegua y yo tu Ama, tu amazonas,
la selva donde te pierdes, la dama que te galopa".
Con las piernas a ambos lados de mi espalda, se coloca
el arnés y mi trasero con lubricante corona.
De los extremos el látigo sujeta, y por mi boca
lo pasa: "Ciñe los dientes o pones en juego tu honra".
La penetración es dulce al principio, mas las sombras
se deslizan por su mente y Beliska se desboca
en frenético galope y su mano firme azota
mis enrojecidas nalgas, mientras cada vez más hondas
se hacen las embestidas de su pelvis poderosa,
al compás que se masturba y asciende hasta la gloria.
Con su arnés puesto se acuesta y acariciando sus botas
exige que la rocíe con mis más espesas gotas.
De pie, en la cama, masturbo mi sexo mientras mi diosa,
tumbada, fuma un cigarro y acaricia con sus botas
mis testículos compactos y mis piernas sudorosas.
Su tacto de cuero negro hace pronto que me corra
y mi savia blanca inunda sus mejillas y su boca.
Resuenan por el pasillo como por una mazmorra.
Beliska volverá pronto. Cuando sangre otra aurora.